28.5.12

Una escena que aún no cierra


Aquella noche, todo estaba muy tranquilo en el hogar. El calor de la estufa, el suave sonido de la música sonando por los parlantes ubicados contra la mampara, y el deleite que otorga una buena obra literaria, cuando de golpe, Osiris que dormía profundamente se despertó furioso. Cuando lo vi de esa forma me sorprendió bastante, porque no era su costumbre, ni tampoco lo era emitir esos maullidos altisonantes. Atacado por cierta hiperquinesia, comenzó a dar vueltas por el cuarto, como si buscara algo bien preciso, o hubiese detectado alguna amenaza posible. Enseguida pensé que podía haberse percatado de la existencia de roedores en el techado, y fue entonces cuando le abrí la puerta para que saliera, pero no lo hizo, desmintiendo de esa forma mi suposición.  

El gato seguía inquieto, y pensé en darle algo de comer, en una de esas: era hambre. El hígado guardado en la heladera, le iba a alcanzar, pero cuando abrí la puerta que da al pasillo para ir hacia la cocina, Osiris salió disparado hacia la pieza, donde Marianela dormía, y dirigiéndose hacía ella intentó atacarla ferozmente. Mis gritos detrás de su empecinada carrera lo detuvieron un poco, y Marianela se despertó alcanzando a tomar un zapato con el cual pudo defenderse, a pesar de recibir algunos rasguños. Ante mi requisitoria Osiris volvió sobre sus pasos, y se retiró mansamente hacia el lugar donde hacía unos minutos dormía placidamente. Marianela muy asustada me abrazó fuertemente, poniéndose a llorar. Desde que el felino habitaba en nuestro hogar hacía casi dos años, nunca había tenido una reacción similar, todo lo contrario, siempre fue extremadamente mimoso y compañero de los dos, y creo que por igual para ambos. A ella, le acerqué un desinfectante para que se pasase sobre la piel cortajeada por los rasguños, y me dirigí hacia donde Osiris había retornado. Cuando me vio llegar comenzó a pasarme insistentemente su lomo sobre mis piernas, como si fuese un acto de arrepentimiento, y la sensación que me dio era que seguía siendo el mismo gato, el que yo conocía desde su llegada a la casa.
Al otro día tuve que levantarme muy temprano para ir hasta la ciudad a realizar varios trámites, y mientras transitaba las calles aún me perduraban en los pensamientos las escenas de la noche anterior. Al regresar a casa, entré por la puerta del fondo y vi a Osiris tirado en el suelo, ensangrentado y agonizante. Entonces llamé a Marianela, y ella no me respondió, alce la voz, corrí hasta la pieza y no la encontré. Hoy hace ya un año desde el momento en que no la vi más.

9.4.12

Pequeño y extraño observador


Todas las tardes, cuando el tren pasaba por aquel lugar, Américo al mirar por la ventanilla, siempre lo veía al niño de la bicicleta, esperando en una esquina. Era la hora cuando los obreros regresaban a sus casas, luego de la extenuante jornada laboral.

Ni bien el ferrocarril arrancaba de la Estación, a pocos metros nomás, tal vez doscientos, estaba él, clavando sus ojos refulgentes en el interior de los vagones. Cuando estos pasaban, el chico corría detrás de ellos, por las calles paralelas a las vías, pedaleando a más no poder, hasta que la velocidad de la locomotora se le tornaba inalcanzable.

Resultaba llamativo, no solamente para Américo, sino también para la mayoría de los habituales pasajeros; esa mirada entre nostálgica y ansiosa, que intentaba capturar por dentro del transporte algo tal vez determinado, tal vez escondido, pero siempre indescifrable; más su posterior y obstinada carrera tratando de alcanzar ese móvil, que diariamente se le volvía esquivo.
Ese niño no tenía mucho más de ocho años, infería Américo, y a partir de cuando cerraron la fábrica, nunca más lo volvió a ver.

14.2.12

La edificación de cinco cubos y recordándola a ella


Aquella mañana fue diferente, al menos hubo algo que hizo que García, poco tiempo después de levantarse, sintiera la necesidad, o tal vez la inquietante curiosidad de saber, por dónde ella podía andar. Hacía tiempo que no la recordaba, y mientras caminaba por el corto pasillo rumbo a la cocina, considerando la proliferación de sueños difusos que venía teniendo las últimas noches, le resultaba seguro que ella lo había visitado en alguno de ellos, y sin poder fijarlo con indubitable certeza, sabía bien que si esto hubiera ocurrido, había sido precisamente la noche de la cual despertaba.

Después del desayuno, levantó el portón del garaje, y salió con su automóvil en dirección hacia su trabajo. En el trayecto paró para comprar el diario. Cuando bajó del vehículo y se dirigió al kiosco, esperó unos minutos mientras el canillita terminaba de despachar a otros clientes. Mientras leía los titulares, fue en un instante, cuando su mirada quedó prisionera en la tapa de una revista que por el nombre, supuso importada de algún país de habla inglesa. En realidad lo del nombre fue estrictamente secundario, pues lo impactante para él, fue la imagen de la portada. El rostro de la mujer que allí vio le resultó tremendamente familiar, como cuando se recibe el saludo de alguien de quien uno no duda conocer, pero en el preciso instante, no resulta posible descifrar quién es. Todo fue en un lapso de pocos segundos, ya que al quedar solo ante el vendedor, la situación lo obligó a solicitar el matutino que compraba todos los días.

Tras dejar el auto en la playa de estacionamiento cercana a su lugar de trabajo, caminó como de costumbre las dos cuadras que separaban a ambos lugares. Esta vez lo que venía sucediéndole hace tiempo, pero de manera casi imperceptible, cobró la forma de una certeza inapelable, tras percatarse de forma muy patente de una situación muy difícil de explicar. Todo lo anterior podría haber sido una simple sensación, o el resultado de alguna idea que le anduviera dando vueltas por la cabeza, pero la repetición del hecho fue como un despertar a una muy extraña impresión de la cual no podía inferir que se tratara de algo estrictamente subjetivo, o simplemente producido por su imaginación. García dedujo, que al pasar, inequívocamente por ese sitio, se había convertido en blanco de vaya a saber qué.

Miró detenidamente como nunca antes, aquella construcción con forma de paralelepípedo rectangular emplazada tras una verja de alambrado negro, una rara combinación de cinco perfectos cubos alistados uno arriba del otro, pintados de un color naranja tenue con ventanales de cristal espejado. García recordó entonces, el hecho de nunca haber visto a nadie traspasar el portón de entrada. Las sofisticadas antenas, erguidas sobre la terraza, hacían presuponer que en un sitio así, podía funcionar alguna estación de retransmisión, un laboratorio informático, o algo de esa índole. Se quedó un rato contemplando la construcción no sin cierto estupor, pero sin dejar de maravillarse, por cuanto aquello le sugería en sus recuerdos, al centro de operaciones que de niño soñaba tener, con el objetivo de controlar el universo.

Como aquel que descubre una silueta en la oscuridad, o un razonamiento en un sueño, García pudo percatarse que la extraña sensación había sido algo así como escindirse de su cuerpo por escasas milésimas de segundo y a la vez ver proyectado su semblante en innumerables puntos y en una casi infinita reproducción. Pensó entonces si todo eso no sería una rémora de aquella medicación que le habían suministrado ya hacía algunos meses, debido a algunos trastornos neurológicos producidos por el alto stress, pues lo que podría haber supuesto espontáneamente en relación al edifico de los cinco cubos le pareció descabellado, y mucho más digno de ser parte de una película de ficción. Cuando decidió continuar en dirección hacia su oficina, pudo ver una llamada perdida en su teléfono celular, pero sin poder constatar quién podría haberla hecho.

Durante la mañana mientras inspeccionaba frente a su ordenador la información económica que había sido divulgada en el matutino, y la contrastaba con otras publicadas en Internet, por diferentes medios nacionales e internacionales, fue cuando una publicidad emergente de un portal, le mostró aquella playa de la ribera brasileña, sugiriéndole vacacionar en ese paraje, en el cual García había estado hacía unos cuatro años, y en donde creyó haberla visto a ella, una noche cuando caminaba por la arena. En un instante había estado en una proximidad de unos cincuenta metros pero cuando intentó acercarse, la silueta femenina se perdió entre los médanos, y ya no la pudo alcanzar. A pesar de haberse quedado en aquel balneario por casi una semana más, manteniendo una firme atención por si la veía de nuevo, esto no volvió a ocurrir.

Por la tarde cuando regresaba hacia el predio de estacionamiento volvió a fijar sus ojos en los cinco cubos y las sofisticadas antenas, pero también en las diferentes construcciones que se emplazaban en las inmediaciones, mientras unos trescientos metros más allá descollaban unas muy altas torres de cemento. El playón que albergaba a los automóviles estaba ubicado varios metros por debajo del nivel de la calle, encontrándose cubierto en lo alto, por un techado transparente de fibra vinílica. García subió a su vehículo y tomando la elevada rampa salió a la avenida, andando por ella algunas cuadras, antes de subir a la autopista que une ese tramo con las proximidades de su domicilio.

Antes de dormir mientras tomaba el poco de borgoña que le había quedado de la cena, y mirando un concierto de King Crimson en el reproductor de DVD, recordó el llamado perdido en su celular, un instante después de la extraña sensación, en proximidades de la edificación de los cinco cubos, mientras el recuerdo de ella, volvió a cruzarse por sus pensamientos, hasta quedarse totalmente dormido.

Algunos días después tras algunas sospechas que le fueron apareciendo en sus pensamientos, extrajo de una caja el último celular que había utilizado antes del aparato que lo acompañaba en el presente, y lo llevó consigo junto al actual, sabiendo que la línea del primero aún no estaba dada de baja y podía usarlo normalmente. Cuando García pasó por el lugar señalado como virtual causante de la extraña sensación, ésta fue aún más intensa, y en ambos teléfonos pudo encontrar llamadas perdidas. No precisamente por las dos actuales sino fundamentalmente por la de algunos días atrás, pudo deducir que ella no fue quien la hubiera hecho. En ese instante, puso en acto el inicio del plan que había pergeñado con anterioridad, y colocó entonces al viejo celular debajo de la corteza de un árbol ubicado sobre la vereda, agregándole un poco de pegamento para que no cayera del sitio escogido, y luego prosiguió sin perder tiempo, hacia su oficina en el piso 71 de la torre azul. Al llegar encendió el ordenador y lejos de cotejar las informaciones económicas como era la rutina, abrió un software que había instalado el día anterior, y que por estricta casualidad había encontrado en un foro psicocibernético, tras navegar en la red de igual forma que un televidente zombie, al hacer zapping.

El programa que había incluido en el sistema operativo de la computadora, alcanzaba a captar la señal del celular incrustado en el árbol, y reproducía en la pantalla la supuesta sensación del bioplasma adherido a él, y fue en ese instante cuando García pudo ver la copa, el tronco y la raíz del vegetal reproducida infinitas veces en un espacio que excedía las tres dimensiones. Este último dato lo proporcionaban ciertos indicadores presentes en el software. Ante tal asombro tomó el ascensor y bajó los 71 pisos, dirigiéndose hacia el sitio donde estaba el árbol, llevando su teléfono móvil y dejando el ordenador prendido, agregándole al programa utilizado, otro que grababa la escena que podía verse en la pantalla. Al llegar al sitio sintió la misma sensación que el primer día de este relato, y antes de acercarse al árbol, e intentar extraer el otro celular, fue cuando creyó descubrir que existían muchos más sentidos que los cinco conocidos, que se reproducían a partir de ciertos circuitos electrónicos, mientras los cinco cubos mantenían el misterio de lo que pudiera haber detrás de sus ventanales espejados, como la razón de sus sofisticadas antenas.

Al regresar a la torre, García retrotrajo el software de captura hasta el punto cero, y observó el video donde podía presenciar la sensación que lo había aprisionado antes de acercarse a la corteza del árbol, y ahí fue cuando pudo verse junto a ella, reproducidos ambos en una escena infinita que no dejaba de fascinarlo.

Pasados algunos días, García consideró lo sucedido con respecto al teléfono móvil, y despertó en él la curiosidad por saber desde donde podría llegar aquella interferencia, que modificaba sensorialmente a cualquier tejido vivo que hiciera contacto con el celular. Repitió entonces la última prueba dejando al aparato adherido al árbol, y desde su ordenador llegando hasta el tejido clorofílico del vegetal, y a la señal del móvil, buscó diferentes opciones en el software que le permitieran rastrear no solamente el recorrido desde donde él estaba, hasta el señuelo construido, sino intentar desde él, llegar hacia el punto de emisión de lo que en la corteza del árbol, constituía un verdadero efecto.

Al encontrar en el programa una opción de rastreo, pudo constatar que el efecto era producido desde innumerables puntos, y no solamente desde uno como él había supuesto, pero al intentar llegar hacia ellos, el software le indicaba que todas las rutas de acceso se encontraban bloqueadas. Para su sorpresa, cuando presenció nuevamente la reproducción al infinito de la estructura del árbol, algo le señaló en la pantalla que la intensidad que producía ese efecto era muy superior al resto, y que llegaba desde un colapsado y único punto, de los innumerables constatados. García comenzaba a descubrir distintas funciones del programa instalado, y pudo concluir que aquel efecto era casi como un corto circuito, en la red de las innumerables emisiones a las cuales no podía encontrarles acceso.

Aunque pasaran de modo imperceptible; el mundo, la sociedad estaban expuestos al mismo efecto, pero debido a una precisa sintonía de baja y modulada intensidad nadie podía saber acerca de ello. El descubrimiento de García fue un verdadero accidente.

Berisso, febrero de 2012

7.11.11

Mangrina, la cruel y enigmática.


En el altillo donde alguien había guardado las pertenencias del ya difunto ex propietario de la casa, había un viejo armario. La sensación que daba el lugar, era que nunca había sido inspeccionado, luego de todo eso haberse ubicado ahí, mientras en el techo podían verse varios orificios por donde se infiltraba el agua de la lluvia, haciendo del desván un lugar sumamente humedecido. En verdad, lo que alguien había considerado como cosas de valor, de ninguna forma podían ser tasadas a buen precio, ni en una casa de antigüedades, y ni siquiera en un negocio de compra- venta. En aquel armario, Florencio se encontró con viejas tarjetas postales, fotos de color sepia y blanco, algunos libros, montones de cuadernos con anotaciones diversas, periódicos y revistas de más de medio siglo atrás, banderines y alguna que otra estatuilla tallada en madera. Abrió alguno de los cuadernos y se puso a leer algunos manuscritos sin interesarle nada en demasía. Tomó entonces una carpeta donde había pilas de recortes de diarios que a pesar de lo amarillento del papel, se dejaban leer, cuando se percató que algo de la carpeta había caído al suelo. Era un diminuto sobre de nylon con un pequeño papel adherido como etiqueta, que decía: “Semillas de Mangrina, la cruel y enigmática”. En ese momento Florencio recordó que algo había visto escrito en una de las anotaciones que había revisado, y entonces volvió a inspeccionar los cuadernos, para reencontrar lo que había pasado por alto o leído por arriba. “Mangrina, la cruel y enigmática, es una hermosa planta originaria del África que da hermosas flores colores teal y púrpura. Los dos atributos puestos a su nombre no sabemos a que obedecen, ya que quien trajo esas semillas que le fueran obsequiadas por una tribu zulú, no dejó ningún dato al respecto”. Más abajo decía: “Una aclaración...”, pero la humedad había borroneado la tinta, no dejando que pudiera leerse lo que estaba escrito. Florencio se detuvo a mirar el sobrecillo que en su interior contenía más o menos una docena de semillas con forma de lentejas, pero con un tamaño un poco mayor y de un color verde musgo semiabrillantado. Tras leer la anotación ya no pudo resistir la tentación de sembrarlas. El nombre aclarado de aquel vegetal le resultaba un misterioso interrogante, que suponía iba a develar cuando Mangrina crezca y de flores. Con el sobre en la mano, puso el pié en la escalerilla y descendió del altillo, olvidando todo lo demás que había en ese sitio.

Abajo se lavó las manos y la cara, y paso seguido fue hasta el vivero a comprar una gran maceta que trajo hasta su domicilio en el jeep que había adquirido en un remate donde vendían elementos que el ejército daba de baja por entrar en desuso. Tomó una carretilla y una pala y se dirigió hasta el terreno baldío para traer el humus necesario para llenar la maceta, a la que había ubicado en el pasillo que comunicaba al living con el dormitorio. Una vez colocada la tierra y de forma paciente y cuidadosa plantó las semillas, para luego rociar sobre ambas el agua de la regadera. A partir del día de la siembra, Florencio humectaba su cultivo todos los días de manera casi religiosa. Fue así como pasados unos meses comenzaron a despuntar unos pequeños, delgados y alargados filamentos verdes. Durante todo este tiempo, tanto el gato de angora como el loro pasaron para él, a un mísero segundo plano, cuando antes habían sido sus únicas compañías. La planta empezó a crecer rápidamente y también a cobrar una imponente fisonomía. Irrumpieron así las primeras flores, desprendiendo en la casa un intenso aroma.

Una noche mientras dormía, Florencio despertó sobresaltado por un fuerte gemido. Se levantó presuroso sabiendo que aquel ruido de gran magnitud, no venía más que desde adentro. Recorrió la casa y no se encontró con nada raro, con nada que tenga que ver con el grito, pero ya le costó volver a dormirse. La incertidumbre le crispó los nervios, mientras le llegaba a su olfato el perfume de Mangrina que impregnaba las habitaciones. Por la mañana se encontró con que Bocha no se acercó para comer el alimento para gatos. Florencio sentía que algo extraño estaba sucediendo y que también a él le estaba pasando algo inverosímil por sus pensamientos sin saber qué ni por qué.

Por la noche ni bien apoyó la cabeza sobre la almohada se quedó totalmente dormido, cuando una extraña mujer de color verde se le acercó para despertarlo y pedirle que le haga el amor. Florencio se sintió desconcertado por esa piel de inusual color, y a pesar de lo sorpresivo también se sintió bastante atraído por la inusitada sensualidad que ella irradiaba. La mujer lo abrazó y lo comenzó a besar sintiendo él, un gusto clorofílico que salía de su boca, cuando despertó súbitamente. –Bueno- se dijo- no fue más que un sueño. En ese momento se dio cuenta que antes de acostarse había olvidado encender el espiral, aunque a pesar de ello, no había el más mínimo rastro de los frecuentes y fastidiosos mosquitos, propios a la temporada estival y mucho más ante la presencia del río a pocos metros de su casa. En lugar del consabido olor a palo santo y piretro se destacaba el aroma de las flores color teal y púrpura. En las noches que siguieron aquellos insectos molestos y zumbadores habían desparecido y entonces Florencio supuso que el municipio habría fumigado la zona. Mientras tanto Mangrina seguía creciendo y él la regaba obsesivamente todos los días, y ella a través de sus flores invadía el universo olfatorio.

Otra noche, Florencio despertó abruptamente por el chirrido de Pedrito. Se levantó y fue hasta su jaula, para encontrar que la misma estaba vacía y con la puerta cerrada. En un terrible estado de somnolencia y tensión simultáneas observando a Mangrina vio a la misteriosa mujer verde del sueño que había tenido noches anteriores. Fue sólo un instante ya que esa imagen femenina se perdió en la figura de la planta. Al otro día sentía que sus pensamientos se habían vuelto inconexos, que su memoria le fallaba, que la brisa que golpeaba su rostro en el parque le incomodaba, que el ruido del agua que brotaba de la canilla le producía suma angustia. Bocha, Pedrito y los insectos habían desaparecido del lugar, y fue entonces cuando se decidió consultar a un psiquiatra. Sin darle muchas explicaciones al respecto, el doctor Brun dio la orden de internación en un hospicio, ya que Florencio carecía de obra social que le pudiera cubrir una clínica privada. Allí estuvo internado casi dos años siendo sometido a diversos tipos de terapias. Sentía tras haber pasado ese tiempo, que se habían apaciguado sus nervios y sus fobias, pero nunca pudo justificar la razón de haber estado tanto tiempo recluido en aquel lugar, y mucho más habiendo sido víctima de constantes atrocidades que le parecieron irracionales e innecesarias, como lo era la hidroterapia.

Cuando volvió a su casa luego del paso por el manicomio, la planta cruel y enigmática estaba completamente seca. Durante todo ese tiempo no hubo quien la regase de modo religioso ni obsesivo como él lo hacía, y la tierra de la maceta estaba sumamente árida, mientras por las ventanas abiertas, entraba el aroma de los eucaliptos y un lejano pero audible canto de zorzal.

3.11.11

El Dilema de Drácula


Ya había caído la noche en Transilvania, y la torre del castillo era iluminada por una gran luna llena, redonda y blanquecina. Un rayo que emanaba de ella, se infiltraba por las hendijas de un alto ventanal, y así descendiendo, tomaba una dirección que lo llevaba hasta la bóveda, ubicada en el gran sótano de la capilla. Allí se abría la tapa de un féretro, y Drácula emergía de él, como hecho rutinario e invariable, cada vez que se ponía el sol.

Aquella noche, ya no fue como todas las anteriores, más bien, implicó un quiebre con la incesante inercia noctámbula y centenaria, de ese extraño Conde no muerto, convertido en vampiro, necesitado del plasma sanguíneo de los vivos, para extender su eterna agonía, o más precisamente, un estado ubicado en la justa intersección, entre la vida y la muerte.
Mientras la plenitud de la luna, se escondía por detrás de los Cárpatos, el viejo Drácula caminaba por el patio hacia los almenares, en actitud pensativa y meditabunda. Había algo que desde la noche anterior, le preocupaba de manera desmedida, sin poder encontrarle ninguna solución aparente ni inmediata, transformándose el desasosiego en inexpugnable dilema.

Días atrás el Conde había recibido un telegrama de un tal Mihail Popescu, mercader de Bistritz, que lo invitaba a pasar por su domicilio, para cerrar un trato comercial. Según el mensaje, el emisor valoraba de gran forma, hacerlo con un noble descendiente de miembros de la Orden del Dragón.
En sus andanadas nocturnas, Drácula contaba con algunas limitaciones, para cumplir satisfactoriamente con sus cometidos. Como buen boyardo, no entraba a una casa si no era invitado para hacerlo, y esta misiva de Popescu le venía de mil maravillas, para extraer de esta convocatoria, otros réditos que no fueran los simplemente mercantiles. Fue de esta forma, que para la noche siguiente, el Conde se predispuso a asistir a la residencia del mercader, en el horario de la cena.
Habiendo llegado el crepúsculo, y prisionero de cierta impaciencia, Drácula levantó la cubierta de su ataúd, saliendo de él, para acudir a la cita. Convertido en fina niebla, atravesó primero el bosque y luego el desfiladero de Borgo, para llegarse hasta Bistritz.
Una vez en la ciudad, y habiendo recobrado la fisonomía humana, el Conde se presentó en lo de Mihail Popescu, quien muy amigablemente lo invitó a pasar y compartir la cena con su familia. Excusándose de padecer una ligera indigestión, aceptó sentarse a la mesa, pero absteniéndose de probar bocado alguno. El mercader, le explicó entonces la razón de su invitación.

-Gracias a una importante gestión que hicimos en Turquía, estamos trayendo en barco por el Mar Negro desde Eregli, habiéndolos llevado primeramente por tierra desde Ankara, algunos elementos que pertenecieron a vuestra familia… Más precisamente a Vlad Dracul y a Vlad el Empalador, en sus luchas contra el Imperio otomano. Este cargamento, está llegando en estos días al puerto de Varna. Por una suma módica, me ofrezco a trasladar a vuestro castillo, estas pertenencias, obviamente suyas, en tanto descendiente de aquellos grandes patriotas.

-Será un grato honor para mi –replicó el Conde- recibir estos elementos. Por el precio no se preocupe, ya que su importancia, está mucho más allá del vil dinero. Al menos, así lo considero.
Mientras finiquitaban todos los detalles al respecto, daba la impresión que mucho más, que este trato en particular, el interés prioritario de Drácula se hubiera desplazado hacia la joven y hermosa hija del mercader, a la cual no le quitaba de encima, esa mirada de rojizos ojos. Habiendo terminado de pactar, todo lo concerniente al envío de aquellas pertenencias familiares, el Conde saludó muy ceremoniosamente a todos y partió del lugar.
Aquella noche Sonja Popescu, no podía dormirse; sus ansiosos veinte años y algunos malestares diurnos, que traía de lastre, la obligaban a pensarse y repensarse, en una incesante actividad mental, sumamente agotadora, y a su vez tensionante. A pesar de esto, el insomnio no le devolvía ninguna idea acabada, ni apropiada, y ni siquiera aproximada, en cuanto a como desenredar esa insensata pena, que la venía acosando, desde algunos meses atrás.
Bistritz, ya se encontraba casi a oscuras, salvo algunos faroles ubicados en las calles, que irradiaban una tenue luminosidad, contrastada con la lucífera luna. Sus habitantes, es probable que ya se hallasen sobre el final de su primer sueño, o tal vez en el preludio del segundo, cuando para Sonja, pegar sus ojos, resultaba una empresa harto difícil y complicada. Por un momento, atravesó por la deriva de sus pensamientos, el recuerdo de esa extraña e incisiva ojeada de retinas rojas, que tuvo que padecer durante la cena, por parte de ese estrafalario caballero, vestido de negro; aunque esto fuera solamente, un flash de algunos segundos nada más, ya que un nuevo torrente de ideas devino en nuevo problema, para su fatigado cerebro; cuando en un determinado instante, comenzó a acariciarse con sus finos dedos, esa intimidad ubicada entre sus piernas. Empezó haciéndolo de manera sumamente suave, pero a medida que crecía la excitación, se aceleraba el ritmo de sus delicadas manos, y se iba descontrolando en sus gemidos. En una escena extremadamente sensual y caliente, de un inusitado autoerotismo, se le fue humedeciendo la vagina, hasta estallar en un anhelado orgasmo. Una vez caída la tensión acumulada, y cuando uno supondría un relajamiento general de su cuerpo, y el advenimiento de una pasmosa tranquilidad, Sonja se precipitó en un llanto desconsolado y tremendamente angustiante, en contraposición a lo esperado.
El Conde que había regresado a esa casa, tras no mucho rato de haber cerrado su trato con el mercader, fue testigo presencial de la puesta en acto completa, protagonizada por la joven. Habiendo tomado forma de murciélago, se aproximó sigilosamente a la ventana, y observó de manera muy cauta a través del vidrio, todo lo acontecido en el interior de la habitación. Contra la costumbre y la rutina de sus actos, Drácula ni siquiera hizo oír el ruido de sus aleteos, intentando pasar lo más inadvertido posible, y tras escuchar por un lapso mediano de tiempo, el penoso lloriqueo de Sonja, se alejó del lugar, sin cumplir con el propósito por el cual había regresado.
Entonces se metamorfoseó en lobo y atacó a una manada de bueyes cuajados, para saciar su apetito, propinándoles una cruenta sangría. Así y todo, poseído de gran insatisfacción, y retomando el paso de Borgo, regresó a su castillo antes que irrumpiese el amanecer, y lo sorprendiera por fuera de su aposento diurno. El nuevo crepúsculo iba a encontrar al Conde, en esa actitud detallada al inicio de nuestro relato, a saber, acercándose por el elevado patio de su palacio, hacia el almenaje, imbuido de una inusual pesadumbre anímica, transformada en suntuoso dilema, que exacerbaba sus pensamientos hasta el límite mismo de su comprensión.
Entonces Drácula, atravesó el puente levadizo, y descendió por la rampa almenada, hasta una pequeña barbacana. Allí, desde la buhardilla, observó el poco movimiento de los árboles del bosque, escuchando un hondo silencio, que se rompió en un instante, debido al estrepitoso y refunfuñante chirrido de un búho. Algo inquieto se desplazó hasta el otro extremo del alcázar, haciendo que desde ahí, su rojiza mirada hiciera blanco en el precipicio, ubicado por debajo del peñón, donde se asentaban los cimientos de las murallas. Su visión se extraviaba en ese sitio, de la misma forma en la que estaban sus pensamientos, desde la noche anterior.

-¡Oh, yo Vlad Tepes, Conde de Transilvania, que perdido estoy! Esa mujer, su belleza, sus actos, su atracción y hasta su llanto, me han desequilibrado totalmente. No es posible que un boyardo como yo, trastabille de la forma, como lo estoy haciendo.
Solamente buscaba su sangre, ese maldito líquido que preserva esta inmunda existencia, y en lugar de ello sentí ganas de otras cosas.
Me estaba creyendo poderoso, porqué me obedecen los lobos y los cuervos, la tormenta y la niebla, por mis capacidades hipnóticas y por mi fuerza descomunal, todo eso sumado a la estirpe propia de ser un miembro de la Orden del Dragón; y a pesar de todo, esa bendita hija del mercader me venció, y ya no se como salir de esto.
Nunca creí en Dios, siempre renegué de él, y es por esta razón que aunque existiera, nunca se apiadaría de este pobre cadáver, condenado a deambular por las noches, signado a tener un cuerpo que no muere, pero que tampoco puede vivir.
¡Oh, si existiera alguien más poderoso que yo, sabría como resolver esta situación, que me embota y me encadena!

Cuando irrumpían algunas nubes en el cielo estrellado, el Conde comenzó a sentir un poderoso aroma sulfúrico, y contra lo verosímil del hecho, un rayo se estrelló a pocos metros de él, iluminando a una extraña silueta con formato humano.

-¡Tu empalador Drácula, me has llamado! Aquí estoy…
El Conde extremadamente sorprendido e inmóvil, se quedó mirando la misma presencia del Príncipe de las tinieblas, Satanás, delante suyo, prisionero de cierto pavor.
¡Quítate de encima ese asombro! –Exclamó el demonio- Tú que siempre has renegado de alguien superior a ti, me has convocado, ya que tu existencia está en crisis absoluta.
No tienes nada que decirme… Ya lo sé todo…
Así como tu has presenciado a esa joven, yo me detuve en ti, y se perfectamente cual es tu dilema…
Nunca te subordinaste a nadie, pero huyes de esos miserables crucifijos, como un niño asustado, en busca de la protección de su madre.
De hecho, solamente el horripilante y soberbio Dios sería el único capaz de vencerte, pero te diré: En este instante quien te ha vulnerado no ha sido el Bien Supremo, sino que has sido atrapado por la carne y sus excreciones líquidas, y no precisamente la sangre, sino, que estás poseso por el flujo vaginal, por la saliva que no hay en tu boca, y también por las lágrimas, estás poseído por el placer y la vibración de las vísceras vivientes, cuando tu cuerpo ya no está para eso, pues tu solamente eres un cadáver que se desplaza por las noches en búsqueda del rojizo plasma, para evitar tu desintegración.
Cuando viste a esa mujer excitada, quisiste acoplarte a su goce, se apoderaron de ti, todas esas reminiscencias de cuando aún, en sentido estricto, eras un ser viviente, y ante esto, te sentiste un pobre canalla, que buscaba simplemente clavar tus colmillos en su cuello para extraerle el fluido que extiende tu agonía.
En ese momento, pensaste que mucho mejor hubiera sido saborear su carne, y que ella saboree la tuya, como cuando en vida lo hacías con tus mujeres. Calmar su llanto, también hubiera sido tu objetivo.
Vlad Tepes, Conde Drácula, si te has conservado tú, por varios siglos, como un no vivo, es antes que nada por mi voluntad, porqué es una forma más de construir la hegemonía del Mal, sobre la Tierra.
Pero
debes entender que el Mal, no es lo que los epígonos de Dios pregonan entre la humanidad. No es el placer, no es el gozne material. El Mal, es el más maravilloso y eterno manual de tácticas y estrategias, que se emplean para perjudicar al otro, para que el otro sufra, hasta sentir el dolor más exacerbado.
Tu, Drácula: has caído en esa tentación humana, que no es un producto de mi autoría, como se empecinan en decir, aquellos epígonos, sino que es la más primaria y efímera atracción entre mortales.
Con tu actitud, boyardo Vlad, me estás demostrando que ya no soportabas la inmortalidad… Que solamente es de tu interés la extremada labilidad y levedad del placer, y es por esta razón que voy a devolverte tu humanidad.
Esto significa que irremediablemente debes morir, y que ese cuerpo que llevas puesto, sea devorado íntegramente por los gusanos, ya que no es posible que vivas dos veces, ningún humano lo hace…

La noche transilvana continuaba con su oscuro pasaje diario, y a lo lejos aullaba una manada de lobos cebados, mientras la luminosidad de la luna, resaltaba y subrayaba las escarpadas cimas de los Cárpatos.

6.7.11

"Ser, yo mismo..."


La última semana, había sido para Ramiro, de una extraña confluencia. Primero había adquirido en una videoteca un viejo thriller, interpretado por Christopher Lee: Dracula has risen from the grave, y luego, recibió la invitación de unos amigos, para una fiesta de disfraces.

Este tipo de eventos, nunca fueron de su total agrado, pero sabía que no podía fallar, debido a la calidad de sus anfitriones.

-¿Por qué acudir a un sitio, no siendo uno mismo? –Pensó- ¿Por qué mostrarse como uno no es? ¿Por qué no mostrarme tal cual soy, o de alguna forma como quisiera ser? Eso es lo que nunca me convenció suficiente en este tipo de citas, y a pesar que me da un poco de bronca, voy a ir igual.

Inspirado, y tal vez bastante mimetizado por el film, al que ya había visto repetidas veces, se vistió como el legendario Conde de Transilvania, para concurrir a la velada.

-Si no puedo ser yo, al menos voy a ser algo que me fascine y me haga sentir pleno e inspirado-Y se añadió a su dentadura dos afilados colmillos de jabalí.

Tras mucho dance, whisky y cocaína, se dio cuenta que la Mujer Maravilla, siempre había estado muy próxima a él, moviendo sus caderas en una actitud de franca y desinhibida seducción. Entonces, él se le acercó, la tomó, y se abrazaron de inmediato.

-¿Sabés? –Le susurró ella al oído, con una voz tremendamente sensual- Los vampiros me excitan demasiado…

Esto hizo que él, le clavara esos largos incisivos en su atractivo cuello, hasta explotar en sangre, succionando luego, gran parte del rojo fluido que emanaba de la herida. Luego, ella se desplomó en el piso, y él, huyó ante el escándalo que se suscitó en ese lugar, debido a lo acontecido.

Prófugo de la policía, Ramiro se enteró, por medio de noticias radiales, que la difunta había sido portadora del VIH.

21.6.11

Averroes en su infinito y desértico laberinto.


“Será tal vez, porque ya no te extraño como antes”

Averroes les hablaba muy seguro sobre su travesía por el desierto, de donde retornaba después de mucho tiempo. Todo su séquito lo escuchaba muy atento, mientras sus mujeres volvían a agasajarlo después de tantos años de extravío, y si bien él sostenía su decir con suma certeza, aquella pequeña y hermosa odalisca, que rondaba por ahí sin dejar de escucharlo, en un momento pensó si Averroes en su relato no estaba tratando de convencerse a sí mismo, de vaya a saber qué.

Había transitado todos los insterticios de arena, y soportado las más tremendas tormentas en medio de las dunas. Averroes decía haber perdido el temor a los ataques de los beduinos, porque según él, había aprendido a contrarrestarlos de manera efectiva. Se explayaba cada vez más sobre lo inconmensurable del desierto, y en un momento logró afirmar que quería volver a él, porque era el sitio donde más seguro y fuerte se sentía, y esto sin dudas causó gran asombro entre los que lo escuchaban, mientras sus mujeres seguían danzando, y mostrando imágenes de perfecta y extremada armonía. Averroes aseveró que se había vuelto adicto a la soledad desértica, y que a pesar de todo con lo que se reencontraba, todo ello no era comparable al infinito océano de arena.

Mientras danzaba, la bella y pequeña odalisca se le acercaba sigilosamente a Averroes, para satisfacerle en todas sus acaloradas fantasías eróticas, muy confiada ella en todos sus dotes sensuales, cuando una inexplicable fuerza la detuvo en el intento.

Fue en un momento, cuando la fila de camellos se quedó atascada en la pendiente de aquel médano, y muchos de los jinetes habían perdido la poca cordura que les quedaba. Entre ellos, Averroes, no salía del espejismo en el que estaba inmerso, y que no era la simple visión de un oasis, donde se reflejara un espejo de agua cristalina y un palmar. En su relato delirante intentaba convencerse de lo maravilloso del Sahara, para que su voluntad no declinara ni se lo llevara puesto.

La pequeña y bella odalisca irrumpió en un angustioso llanto, porque pudo percatarse que su intuición no era más que una inapelable certeza.