1.6.09

Altura

Cuando me di cuenta de lo que estaba haciendo ya había ascendido unos ciento cincuenta metros por la escalerilla de aquella imponente antena. Había subido y subido sin percatarme demasiado de la acción que estaba desarrollando.
Cuando miré hacia abajo me invadió el pánico y tomé conciencia que tenía que comenzar a descender, aunque las piernas y las manos comenzaban a temblarme y mis certezas empezaban a flaquear. Bajar de aquella altura no iba a ser fácil ni tampoco inmediato. Si me apresuraba corría el riesgo de trastabillar y caer, pero conociendo mi ansiedad esto se transformaba en una verdadera encrucijada.
Fue en ese preciso instante que desperté de esa cruel pesadilla y volver a dormir no se hizo para nada fácil, me quedé pensando bastante en aquella altura, hasta que el sueño me volvió a doblegar.
Aquella mañana cuando me levanté, estuve tratando de dilucidar en vano que había sucedido cuando volví a dormirme. ¿Habré bajado de aquella antena o aún sigo ahí?

2.7.07

Asalto a mano armada

El Centro Comercial había quedado en penumbra, cuando el pequeño al ver abierta la puerta de la tienda se dirigió hacia adentro dispuesto a asaltar el lugar. Sacando un revolver le apuntó a la mujer que atendía el negocio, bajo la luz de un improvisado farol, pidiéndole que le de todo el dinero que había allí. Sorprendida ella por la actitud de ese niño de apenas unos diez años, le contestó que no quedaba nada en la caja, y él, enfurecido por la respuesta, le pegó un puntapié apartándola del camino con un fuerte empujón, para buscar el botín en los cajones del mostrador. Se puso a revisar, mientras ella lloraba tirada en el suelo, pidiéndole que se vaya, y él impacientándose cada vez más por no encontrar nada, terminó disparándole un proyectil en el pecho dejándola sin vida.
En ese mismo instante regresaba la luz, que estaba cortada, y tres policías bajaban del patrullero que simultáneamente estacionaba en la puerta, corriendo hacia adentro desenfundando sus armas. Uno de ellos cayó baleado, mientras los otros algo sorprendidos le gritaron al niño, para que se entregue, mientras él, muy dispuesto sostenía el revolver entre sus manos.
La mujer muerta había sido robada dos veces. En la primera se habían llevado el dinero, y mientras esperaba a la policía, entró el pequeño que viéndose ahora apuntado desde dos lugares y con poca escapatoria, se decidió a usar su arma para volarse la sien.
En los bolsillos le encontraron Viagra. El médico de la morgue afirmó que esa tenencia no era algo raro, ya que los prepúberes la estaban utilizando más que los ancianos.

Tras una noche de funk

“Y si acaso no brillara el sol/ y quedara yo atrapado aquí/ no vería la razón/ de seguir viviendo.......”
Luis Alberto Spinetta


Había sido una noche, donde aún me retumbaban en los oídos, los acordes del contrabajo electrónico de un buen émulo de Jaco Pastorius, al menos fue eso lo que pensé, al escuchar al bajista de aquella banda que desplegaba un ritmo de funk casi endemoniado. Habíamos caído con ella en ese sitio donde parecía que la cerveza sabía mucho mejor que en cualquier otro lugar, aunque más tarde pude darme cuenta que en realidad era la presencia de Mayra, quien lograba producir dicho efecto. Hablamos de muchas cosas, pero logré percibir que cuando, como es obvio, cada uno comienza a contar sobre sus problemas, esto a uno lo atrinchera bastante. Es tal vez en esos lugares áridos de nuestra intimidad donde se almacena más que en ningún otro lado, el más extremo egoísmo. Tras acompañarla hasta su casa, ya muy tarde, faltaba poco para el amanecer, me di cuenta que no había encontrado el instante justo para hablar con ella, de cual había sido el motivo central de aquella invitación, y aunque no descartaba que ello en algún momento se diera, no dejaba de quedarme un cierto sabor amargo, que se incrementaba suponiendo que cuando pudiera hacerlo, esto se encontrase totalmente fuera de tiempo.
Regresé a casa caminando por las sinuosas veredas, esperando a que en cualquier momento me sorprendiera el amanecer, pero el brillo del sol, tardaba en aparecer, cuando me percaté que aquel era el día más corto del año. No se porque había olvidado que justo en esa fecha comenzaba el invierno, cuando de golpe me sorprendió el tremendo ruido proveniente de la vieja usina abandonada, hacía ya más de una década. El sonido que provenía de aquel lugar era casi igual, al que se escuchaba cuando yo con apenas dieciocho años, había trabajado en aquel sitio. Ya eran las siete de la mañana, el día no daba comienzo, y esto no dejaba de asombrarme un poco. Por ser el inicio del invierno la noche había sido bastante cálida.
Cuando llegué a casa me acosté de inmediato, pero a pesar de la hora que era, no pude dormirme tan fácilmente. Me daban vuelta por la cabeza infinidad de ideas que no podía ordenar, y a gran parte de ellas las consideré totalmente absurdas, mientras en el silencio de la aún noche, ya no me retumbaba el funk, sino los inconfundibles sonidos de la vieja usina. Miré el reloj fosforescente ubicado sobre mi mesa de luz, y para mi sorpresa ya eran las nueve de la mañana. El asombro era que por las hendijas de la ventana, todavía no entraba el más mínimo rayo de luz, cuando de golpe parece que me quedé dormido, ya que cuando volví a mirar la hora, eran las dos de la tarde. El ruido ensordecedor de lo que alguna vez fueran generadores de energía eléctrica proseguía, y entonces pensé el porqué, de no haberme enterado de la reapertura de aquella unidad industrial. Esto me dio la certeza plena de que mi cabeza estaba ocupada en tantas otras cosas, que ni siquiera prestaba atención a algunos hechos ineludibles. Me puse de pie, abrí la ventana, y no lo podía creer, estaba absolutamente oscuro, era de noche.
No podía entender si esto era una locura mía o era de verdad. No podía aseverar que esto me ocurriera solamente a mí. Encendí la televisión, y en ella pude ver a un grupo de científicos que discurrían sobre la noche más larga del invierno. Entre las cosas que decían, uno afirmaba que seguramente se habría corrido abruptamente el eje del planeta, y que las coordenadas que actualmente estábamos ocupando eran similares a las que antes del desplazamiento les correspondían a zonas polares, y que por lo tanto la noche iba a durar tanto como lo hacía en la Antártida. Otro decía que esto era totalmente absurdo ya que si fuera así, la temperatura sería otra, y que por el contrario, era bastante elevada en comparación a otros inviernos donde las noches duraban el tiempo normal. Uno de ellos arriesgó que evidentemente se trataba de un peculiar eclipse solar, nunca visto anteriormente, y que seguramente debía irrumpir una vez cada muchísimos milenios, y que seguramente la anterior a esta, fue cuando la humanidad aún no existía sobre la Tierra, y que a la vez, este era el momento más oportuno para observar constelaciones, que nunca más volverían a hacerse perceptibles. Entonces fue cuando pensé que estos señores solamente estaban realizando puras conjeturas, sin preocuparles demasiado el problema en sí. Cambié de canal, y encontré algo que sí me pareció mucho más coherente. Un ingeniero electromecánico, de edad ya bastante avanzada, estaba comentando que cuando él fue parte del montaje de la usina de mi ciudad, al hacer los cálculos y la programación de la misma, estableció que aunque esa unidad, en algún momento dejase de funcionar, ante la presencia de una seria crisis energética, ella se pusiera automáticamente en marcha, para volver a producir electricidad.
Entonces fue cuando apagué el televisor, y puse música funk, pretendiendo que ella ensordezca un poco al ruido de los generadores de alta tensión, y ahí me di cuenta que no era yo, el único en el mundo al que le faltaba cordura.

9.5.07

Operación quirúrgica

Acostado en la camilla, Antonio esperaba la llegada del anestesista, sin apartarse en ningún momento de un marcado estado de indignación. Sabía que la operación quirúrgica que le iban a realizar no era precisamente para extirparle ningún mal que llevase por dentro. Por el contrario, el cirujano, lo iba a abrir para sacarle ese hígado, que desde hacía ocho años le venía funcionando bastante bien, a partir de aquel transplante que le devolvió la vida cuando estuvo atacado por una fuerte cirrosis. El donante, un tal Milcíades Ibáñez Contreras, celoso defensor de la propiedad privada, propuso en el momento de poner sus órganos, a disposición de quien los necesitase, que el que reciba cualquiera de ellos, debía registrarlo como bien propio, al igual que cualquier bien inmueble. Esta actitud de Ibáñez Contreras parecía un simple capricho de magnate, pero para él, esto contenía un alto grado de significación.

Hacía apenas dos semanas que había fallado el juez, en el litigio entre Antonio y su ex esposa, siendo la sentencia: divorcio culposo en su contra. De esta forma, él perdía todas sus propiedades, incluido el hígado.
Ahora todo quedaba supeditado a recibir un órgano similar, de parte de un mendigo que había fallecido dos días atrás.

17.3.07

Sentada en el alféizar

Si bien la mañana había lucido excesivamente soleada, pasado el mediodía, el cielo comenzó a cubrirse de oscuros cúmulos nimbos, y ya resultaba tremendamente obvio, que para la media tarde se precipitaría la lluvia.

Luego del almuerzo, Matilde se dirigió hacia la ventana, y apoyó sus caderas en el alféizar, haciendo que sus piernas cuelguen hacia fuera, y que su mirada se extravíe en la pasmosa tranquilidad de aquel oquedal de altas plantas, que emergía cuarenta metros más allá, separado por una pequeña pradera de gramillas, entre verde y amarillentas.

Ella, todas las tardes, se sentaba allí, casi inmóvil, y no verla alguna vez en ese sitio, hubiera sorprendido la costumbre de algún neutral, pero no menos detallista observador, casi como si se tratase ya de un decorado más de aquella lúgubre edificación.

Hacía ya cinco años, más precisamente desde sus diecisiete, Matilde estaba internada en ese hospicio psiquiátrico, enclavado en un campo, bastante alejado de la ciudad.

Sus sentidos se posaban en los colores y los formatos de las hojas, en las siluetas y los movimientos de las ramas, en los sonidos de la brisa y el canto de las aves, en el aroma de los eucaliptos y las flores silvestres, sintiendo vaya a saber que vibraciones en su piel, y que sabor en la saliva que humedecía su tenso paladar. Seguramente, combinando todas esas sensaciones en su imaginación, ella debía lograr las más apasionadas imágenes, y los sonidos más estridentes, como para poder hacer plausible esa inclaudicable y devota actitud que se prolongaba por tantas horas, manteniéndose apoyada en el derrame de aquella abertura.

En lo impreciso de lo observado, tal vez, iba descubriendo extrañas figuras, que en un juego incesante de permutaciones, delineaban una muy intrincada puesta en acto, solamente comparable con la mejor cinematografía surrealista; y en la sucesión de sonidos iba construyendo una muy hermosa melodía, solamente audible en los grandes conciertos de rock sinfónico.

Hacía ya más de un año, que Matilde había aprendido aquel hábito de algunos internos, que consistía en evadir la medicación, haciéndola desaparecer como por arte de magia, y no precisamente en el estómago, burlando la severa vigilancia de los enfermeros. Sin Halopidol, y sin Artane, fue cuando mucho más se concentró en esta rigurosa y meticulosa contemplación de la flora aledaña, y parecía que cada vez más, se aproximaba a algún destino, que ella presentificaba en la arboleda. Este proceso iba acompañado de un suave y paulatino incremento de euforia.

Al final, como ya era previsible, se desató nomás la tormenta, pero no fue, más que pasajera. Apenas pasada media hora, volvió a irrumpir el sol, mientras ella a pesar de la mojadura de algunas partes de su cuerpo, no se movió del alféizar, y de esa forma le dio continuidad a la tarde, mientras se secaba lentamente su calzado.

Llegada la noche, y cuando todas las pacientes se encontraban en la mesa del comedor, Matilde ahí, ya no estaba. Entre ellas conversaban y se maravillaban de esa escena de inusual belleza, que fue cuando una bandada de pájaros se arrimó a la ventana, y partieron volando junto a Matilde, perdiéndose todos, en la imponencia del oquedal.

Publicado en la Selección "El Arca de los Cuentos" Editorial Dunken- Buenos Aires, marzo de 2007

31.1.07

Reloj de mano

A partir de aquel año del nuevo siglo, los bebés comenzaron a nacer con esa distintiva mutación, que a la mayoría no dejaba de resultarle bastante agradable.
En la palma de la mano izquierda aparecieron unos pequeños números, que marcaban el paso del tiempo de la misma forma que un reloj, y esto ya indicaba que las antiguas máquinas pasarían a convertirse en deshechos, o simplemente ocupar algún sitio en los museos. Un solo movimiento, el de poner la palma frente a la visión nos señalaría la hora, incluso de una forma más cómoda que las pulseras.
Algunas de las cosas que preocupaban a los científicos de entonces, era la causa de aquel emergente, ya que por lo que se sabía hasta entonces, nadie se había propuesto realizar tamaña transformación. Algunos sostenían que esto era producto de la simple evolución, y que no había que dar tantas vueltas al respecto, mientras que para una minoría esto comenzó a resultar un gran problema, que iba a traer aparejado otros tantos nuevos.
Uno de ellos suponía fervientemente que esto estaba íntimamente ligado al software medico que se venía utilizando hacía ya más de una década. Mediante un ordenador y una conexión a escritorio remoto, era posible incidir directamente sobre la configuración físico química del cuerpo humano. Sentado frente a una pantalla era posible disminuir los altos niveles de colesterol, o producir ciertas reacciones que faciliten la osificación de huesos fracturados, o combatir las enfermedades infecciosas. También se había inventado un contador que instalado en la sangre, hacía una lectura muy precisa de las cantidades de glóbulos rojos, blancos y plaquetas. Obviamente que la entrada a dicho programa y mucho más a la configuración de los individuos estaba absolutamente mediatizada a través de una gran cantidad de atajos que hacían que no puedan entrar allí, más que determinados técnicos especializados, con ordenes muy precisas de los cuerpos médicos.
La suposición de este científico, que emparentaba la emergencia de los relojes en las manos, con la utilización del software, no resultaba para nada descabellada, ya que mediante este programa se podían ajustar los números del reloj humano a los husos horarios correspondientes, aunque de todas formas esto no implicaba que por ello, esto se convirtiera en principio de causalidad. Un obstáculo grande que encontraba él, para esta suposición, era principalmente, que si bien se podía acceder al cuerpo humano mediante esta técnica, esto era simplemente un hecho individual, mientras que los relojes habían aparecido en toda la especie. Incluso un etnólogo que había vuelto de hacer un trabajo de investigación en una comunidad tribal del África, afirmaba que allí también se había producido la mutación. Para haberse producido por causa del software, este tendría que haber actuado modificando al código genético universal.
Para el Doctor Pedro Woodward, todo esto resultaba una suposición que no podía fundamentar de ninguna forma posible, y todo ello aparentaba ser solamente una especie de certeza aseverada más en ciertas intuiciones que en pruebas científicas.

Cuento todo esto porque desde que nací llevo esos números que me indican el paso del tiempo, y me costó mucho imaginar como habría sido la humanidad antes de ello, y es posible que ni siquiera me haga una idea aproximada sobre como habría sido. El otro día cuando los números se detuvieron pude percatarme que me vida había terminado, aunque alguien siga escribiendo esto desde algún ordenador empleando una conexión a escritorio remoto.

13.12.06

La página 213

Luego de la cena Esteban se dirigió hacia su sillón para proseguir con la lectura de La montaña mágica de Thomas Mann. Eran casi las 23. Todas las noches tenía la costumbre de leer antes de dormir, al menos por tres horas. Parecía que de esta forma había domesticado ese insomnio que dos años atrás, lo había tenido a mal traer. Así mismo su salud había mejorado considerablemente, aunque extrañaba mucho en esas ocasiones, el whisky y el tabaco, que los tenía terminantemente prohibidos, por orden de su médico de cabecera. Mientras se paseaba por las letras del libro y escuchaba como fondo la Novena Sinfonía de Beethoven, su mujer procedía a acostarse.
Como era su costumbre se fijó en el número de la página por la que iba, sorprendiéndose que siempre fuera la 213. En ese momento le dio la sensación de que su lectura estuviera suspendida, resultándole bastante difícil seguir avanzando, como que su atención hubiese sido alterada por algo, cuando desde la calle se escuchaba el persistente sonido de una ambulancia. Esteban se levantó de su asiento y se dirigió hacia la ventana para presenciar que ese móvil de emergencias médicas , se había detenido frente a su casa. Pensó entonces que seguramente habrían venido por la anciana vecina del domicilio de enfrente, cuando sintió que tocaban en su puerta, interrumpiendo la melodía de Beethoven. Cuando se disponía a bajar para atenderlos, escuchó que su mujer ya lo estaba haciendo.
-Por favor –dijo ella, señalándoles el lugar - atiendan rápidamente a mi marido. Pasados unos minutos Esteban escuchaba decir:
-Lo lamentamos mucho señora, su esposo ya ha fallecido, aparentemente de un pico de presión arterial.
Mientras tanto, uno de los médicos recogía del suelo, un libro abierto en la página 213.

28.11.06

Cronos en problemas

Como todos los días a las cuatro de la tarde, y por la misma vereda, Timoteo regresaba caminando desde la fábrica hacia su casa. Se detuvo en el kiosco a comprar cigarrillos, y luego, antes de entrar a su domicilio saludó al anciano vecino, que siempre a esa hora encontraba sentado en la puerta. En el instante en que metió la llave dentro de la cerradura se le impuso una idea que le costó asociar con lo que venía pensando, pero que al entrar se le esfumó de la cabeza. Fue muy efímera y ya se le hizo tremendamente difícil recordarla. Timoteo al notar que su esposa Anita, que siempre lo esperaba con mate y facturas, no estaba, decidió quitarse la ropa y dirigirse a la ducha. Luego de un rato de baño y canturrear unos tangos bajo el agua caliente, tomó la toalla y cubriéndose con ella salió para el dormitorio justo en el momento en el que su mujer entraba en la casa.

–Timoteo ¿dónde estabas? yo pensé que te habrías enterado de la muerte de Don Herminio y habrías ido. Eran las cinco cuando Doña Nilda me vino a avisar del fallecimiento del vecino. Cuando entraba su silla desde la vereda se descompuso y cayó sin vida al suelo. Entonces fuimos con ella a socorrer a la viuda. Obviamente que para esa hora los mates ya se habían enfriado. ¿Tuviste que ir a algún lugar…?

Timoteo sintió de golpe una tremenda confusión. Como que algunas neuronas le hubiesen explotado como fuegos de artificio contra el cielorraso, produciendo un poderoso impacto.

-¿Pero qué hora es ahora?- le preguntó a Anita, y mirando el reloj de pared exclamó;

- Pero no puede ser, son las siete menos veinte.

Entonces, pasó a relatarle a su esposa lo que había hecho y que no podía entender que había pasado. Ella le respondió:

-Mmm, Timoteo no me mientas. Con alguna sorpresa ya me vas a caer. Bueno nada, dejalo ahí…

Esa noche en el velorio y observando el rostro del difunto, Timoteo seguía preguntándose que había sucedido. Habría llegado tan tarde a su casa, se habría distraído por el camino… Pero si fuera así ¿habría saludado a un fantasma? O será que ante la rutina de ver a Don Herminio todos los días sentado en la puerta, ese día, al no verlo igualmente imaginó verlo porque ya era la costumbre. Pero no, estaba seguro de haberlo saludado antes de meter la mano en el bolsillo para sacar la llave de la puerta. Esto se había transformado en algo que nadie le podía creer y que a su vez le era imposible explicar y a su vez explicarse.

Al otro día el gerente de la fábrica lo envió en comisión a comprar herramientas para el taller de cobrería. Salió de la empresa y se dirigió a tomar el colectivo sesenta para ir hasta el centro de la ciudad. Luego de quince minutos de viaje, el micro se detuvo ya que la avenida estaba obturada por varios camiones hidrantes, mientras los bomberos en gran esfuerzo intentaban apagar un incendio en el Power Bank. El transporte se desvió de su recorrido habitual tomando por otras calles para proseguir el trayecto. Luego de varios minutos, Timoteo se bajó en la esquina de la ferretería industrial para dirigirse a ella y realizar las compras encomendadas. Observó minuciosamente las llaves de fuerza y las perforadoras, para luego hacer el pedido de una cantidad importante de ellas, que la casa comercial enviaría al otro día a la fábrica.

En ese momento irrumpió el sonido de sirenas de los coches bomba y Timoteo pensó para si, que los bomberos regresarían para el cuartel luego de haber extinguido el siniestro del banco. Miró hacia fuera y vio que cuatro camiones pasaban por la puerta en dirección contraria a la que había supuesto. En ese momento por un flash de noticias que dejaba ver un televisor encendido dentro del comercio, un cronista hablaba desde algún lugar de la ciudad diciendo:

-Estamos desde el Power Bank, donde se ha desatado un tremendo incendio. Las causas aún se desconocen, pero ya se está esperando a la guardia de bomberos, para que resuelvan la situación.


En ese instante Timoteo creyó intuir que cosa era la que le estaba pasando, pero no podía saber porqué ni como.

–Espero- pensó-, que sepan entender mis impuntualidades.

Misteriosa desaparición

Hacía ya algún tiempo que Christopher Olmos no era parte de ninguna de sus asombrosas y exitosas tareas de investigación policíaca, que lo habían convertido sin ningún lugar a dudas, en uno de los detectives de mayor renombre de su país. Luego de haber dado con el asesino serial, que durante varias temporadas veraniegas había azotado la ciudad balnearia de Villa Cristalina manteniéndola en vertiginoso pánico, decidió retirar su nombre de la lista de detectives privados incluida en la Guía de Comercios y Profesiones. La razón principal para hacer esta quita, había sido que el extenuante y arduo trabajo realizado, logró producirle un pronunciado desgaste, tanto físico como intelectual, y para ello, lo mejor que podía hacer era tomarse unas extendidas vacaciones.

Con una notoria cantidad de dinero en su cuenta bancaria, que principalmente había sido financiado por una cadena hotelera, sumamente afectada por la merma de turistas. Christopher se decidió viajar hacia la montaña para tomarse un merecido descanso. La tarea de Villa Cristalina le había quitado cualquier incentivo para hacerlo en una playa. Entonces, se decidió a realizar una larga estancia en una pintoresca hostería, ubicada frente a un lago, en un profundo valle con laderas cubiertas de coníferas.

Luego de varios meses de pausa y de ocio en aquel sitio, regresó a la ciudad volviendo a promocionarse en la guía, y no habiendo pasado, ni dos días de haberlo hecho, recibió su primer llamado en reclamo de sus servicios. El caso que le presentaron, consistía al parecer, en una extremadamente misteriosa desaparición de obras de arte en el Museum del Renacimiento. Christopher sin vacilar demasiado, aceptó la solicitud acudiendo al museo para comenzar con la investigación. El caso a resolver, implicaba la sustracción de todas las pinturas y esculturas que había en aquel establecimiento. Para su gran sorpresa, y la de todos, el punto de arranque de la tarea, fue encontrarse conque en el lugar de las faltantes, habían quedado lienzos casi en blanco, pero algo manchados con diversos colores de oleos, y en el lugar de las esculturas quedaban piedras de mármol y granito sin formas, y bastante arena. La sensación que daban estos elementos, dejados por los ladrones en el lugar de las obras, era intensamente enigmática. A nuestro detective, la primera impresión que le dio, fue algo así como que la formalidad estética hubiera abandonado su corporeidad material, dejando al sitio del museo impregnado de un escalofriante desencanto. Lo primer conclusión que extrajo de ello, fue que el captor, o el grupo de ellos, habían sido bastante originales al respecto.

Para dar comienzo con la tarea de búsqueda, de las obras desaparecidas, Christopher pidió en el museo un catálogo donde figurasen las imágenes fotografiadas de las mismas; y tras observarlas muy detenidamente, alcanzó a sentirse completamente capturado por la terrible fascinación que ellas le irradiaban, y eso que Olmos no era para nada una persona adicta al arte, sino un apasionado de las ciencias exactas, que nunca había podido concluir una carrera universitaria.

Procedió entonces, a realizar una cantidad importante de fotocopias color del catálogo completo, y a su vez escanearlo para guardar las imágenes en un disco. Con las copias, mandó a construir varios símiles del catálogo, para ser repartido entre distintas personas del arte, de las fuerzas de seguridad y de los medios periodísticos, para que todos ellos estuviesen al tanto de las desapariciones, y a su vez también puedan informarle de cualquier dato válido para llevar adelante la investigación. Solicitó también, a un webmaster, la confección de una página para colocar en ella el contenido del CD con la descripción de las obras, agregando un relato sobre la misteriosa desaparición, junto a los datos del detective a cargo de la misma, para recepcionar cualquier novedad al respecto. La Web construida, daba la opción de ser traducida a cualquier idioma del planeta.

Por varios días se ocupó vía correo electrónico, de informar del link de la página, a casi todas las grandes agencias de noticias y museos del mundo, que obviamente no habían recibido facsímile del catálogo. Los grandes periódicos, no tardaron en publicar la noticia junto a algunas de las imágenes del catálogo. Las redes de televisión se hicieron eco de la información y la difundieron reproduciéndola a una gran escala. Varias páginas de Internet, tomaron datos de www.renacimiento-perdido.net, que era la página, que Olmos había hecho construir, haciendo conocer algunas de las imágenes de las obras. Las pinturas y esculturas desaparecidas proliferaron en medida inusual, provocando si se quiere, un cierto efecto de saturación. De alguna forma, muchas de las obras del museo era la primera vez que llegaban a la vista de las mayorías; mientras Christopher no se cansaba de observar las fotos, tratando de encontrar en sus formas, alguna pista que le facilitase la búsqueda. Era esta una de sus principales sospechas, tomando como dato relevante lo que había quedado de ellas en el museo, como efecto residual, y esto parecía haberse convertido en idea-fuerza.

Tras algunos señuelos, recibidos por intermedio de la policía, el detective acudió a Santa Lucía, una ciudad portuaria ubicada a setenta kilómetros al sudeste del museo, cuando fue que se percató que estaba más compenetrado con las obras en sí mismas, que en la búsqueda de ellas, y esto le producía cierta retracción y ensimismamiento con respecto al mundo exterior. Caminando por las calles de un barrio de esa ciudad, y mediante la observación paciente y meticulosa de la gente, de los edificios, y demás objetos a la vista, actitud por lo demás necesaria, e indispensable para un buen investigador, notó que lo que le llegaba a sus ojos, le producía un dejo de euforia, casi como que esas imágenes lo atrapaban como nunca antes le había sucedido con paisaje similar. De regreso al hotel, se miró al espejo, y notó que el verde de sus ojos era más intenso que nunca, tan intenso como las primeras hojas del árbol en primavera. Tras algunos días de búsqueda, y rastreo en aquel lugar, pudo comprobar que las sospechas indicadas por la policía, habían sido simplemente, una falsa alarma.

Ya no quedaba otra cosa por hacer en aquella ciudad portuaria, cuando Olmos se enteró que en Santa Lucía, vivía un viejo artista plástico, que otrora había logrado con sus pinturas una gran repercusión, inclusive a nivel internacional. Este se llamaba Leonardo Krueger, y Christopher decidió visitarlo en la modesta vivienda donde este residía. El pintor lo recibió al detective, con cierta desconfianza, pero ante la exposición del caso por parte de aquel, logró ablandarse bastante predisponiéndose a colaborar con él. Krueger se lamentó mucho por las desapariciones de las obras, que el conocía bastante bien, ya que muchas de ellas eran del estilo con el cual él, se había formado estéticamente. Entonces Olmos, entregándole un catálogo, le sugirió que se detuviera en aquellas formas, ya que su sospecha principal, teniendo en cuenta que los ladrones habían dejado piezas vaciadas de aquellas, consistía quizás una de las pistas más importante para la investigación. Luego de debatir entre los dos por algunas horas unas cuantas hipótesis al respecto, el artista pidió concluir la conversación, ya que tenía que retirarse para pintar algunos letreros comerciales, actividad con la que ganaba el dinero para su subsistencia diaria, pidiéndole a Olmos que regresase en un par de días, para comunicarle alguna ocurrencia al respecto.
Sin poder salir de cierta encrucijada, con respecto a esta búsqueda, Christopher regresó caminando hasta su hotel, cuando en medio del trayecto se detuvo bastante asombrado, ante un grupo de jóvenes, que entusiastamente pintaban un inmenso mural sobre la superficie de un viejo paredón perteneciente a un centro cultural, que por lo que le comentaron, había sido una edificación recuperada para fines sociales. Se maravilló bastante con las imágenes humanas, entre medio de grúas, fábricas, chimeneas y barcos de carga, expuestas con una gama de colores sumamente intensa, en donde primaban fundamentalmente, el rojo y el negro.

Tras dos días de escarpada especulación, acerca de la misteriosa desaparición del museo, regresó a lo de Krueger, para saber si este había concluido algo al respecto, pero el pintor que había observado detenidamente las obras en el catálogo, no pudo sacar de ellas ninguna conclusión favorable, que pudiese alivianar la búsqueda. Además Leonardo, le confesó apesadumbradamente a Christopher, que con respecto a aquellas obras, él sentía una extraña distancia, no solamente temporal, sino que no cuajaba con su tarea actual de letrista y diseñador de letreros publicitarios. Al detective, en un momento de aquella conversación, le dio la sensación de que al artista lo había invadido una gran angustia, y casi como que algunas lágrimas le pedían brotar de sus ojos; cuando entonces Olmos, le pidió que se tranquilizase, para luego retirase de ahí.

Volvió al museo, rastreó huellas digitales, y también procedió someter las piezas dejadas en el lugar de las faltantes a rayos X. Contrató un laboratorio para realizar diversas pruebas químicas, y nada, la encrucijada era cada vez mayor. Era muy posible que esta línea de búsqueda, lo haya llevado a nuestro detective a un camino por el cual seguramente, logró desatender un montón de otras pistas, pero sin preocuparse demasiado al respecto, y tras varias semanas de ardua investigación, escribió esta carta para el director del museo:

-Estimado amigo

A pesar de haberme compenetrado lo suficiente con esta investigación, la desaparición de estas obras artísticas para mí, ha pasado a ser un problema sin resolución. Tengo una sospecha al respecto, pero se, que si esta fuera mi afirmación, esto a usted, no le va a resolver absolutamente nada, con respecto a la tarea que me ha encomendó.

A riesgo que me considere entrado en la locura, tendría que decirle que para mi, las formas artísticas han abandonado el museo, debido a que se sentían muy solas, y al alcance de muy pocos, estaban como aburridas y se fugaron, metiéndose hasta en el punto más recóndito del planeta, tal vez embelleciéndolo, haciendo que adquiera formas inéditas. Es por todo esto, que creo que nadie se llevó, ni a las pinturas ni a las esculturas, sino que sus formas se evadieron de la materia que las contenía.

Esa es mi conclusión. Sin otro particular lo saluda atentamente.

Christopher Olmos.