A lo largo de mi vida, estando próximo a los setenta, siempre caminé por las calles de mi pueblo. Por esa particular calle tal vez haya pasado muchas más veces que por otros lugares. A pesar de eso hay un sitio particular en el que casi nunca presto atención, aunque precisamente sea lo que me lleva a relatar lo que sigue.
No hace tanto, miré hacia ese lugar y no vi lo que está en mis recuerdos. En lugar de esa casa algo metida hacia adentro, con una imponente galería cubierta por la hiedra, ahora se impone a la visión un frente de material que seguramente fue construido para otorgar mayor seguridad a la vivienda.
Teniendo unos catorce años fui a ese sitio. Había leído en un diario local una entrevista a un guitarrista clásico y como por ese entonces la música había despertado mi interés, a sabiendas de que ahí vivía golpee las manos. No estaba seguro de que quisiera aprender a tocar la guitarra. En todo caso estaba interesado en escuchar personalmente a alguien que había despertado mi atención.
Radamel Oviedo se acercó a la puerta. Era un hombre alto, delgado, próximo a los sesenta años supuse. Ante mi pregunta sobre si daba clases de guitarra, me hizo pasar. Me pidió que me siente, señalándome una silla ubicada en la galería. Se ausentó unos minutos y volvió con el instrumento.
-Me gustaría primero que escuches lo que hago- me dijo con tono ceremonioso, sentándose frente a mí.
La interpretación que hizo del Vals del Minuto de Chopin, fue asombrosa. Una pieza que fue compuesta para piano, llevada al instrumento de seis cuerdas teniendo que sostener una melodía veloz, implica tener una muy buena digitación y una técnica muy pulida. Yo conocía ese vals pero hecho en su instrumento original. Los sonidos de la guitarra de Oviedo me sorprendieron gratamente.
El valor de las clases era algo alto y además necesitaba comprar el instrumento. De todas formas esos no eran impedimentos. Podía acceder a ello. El problema principal resultaba que si comenzaba a estudiar guitarra, y pretendía llegar a ser un músico de la envergadura de Oviedo tenía que poner todo el esfuerzo en ello y dejar de lado muchas otras cosas que también me despertaban interés. No estando seguro, decidí no embarcarme. Si lo hacía no iba a ser como un simple pasatiempo.
Siempre tuve en mi memoria la visita que hice a ese domicilio y eso conllevaba mantener la imagen de ese tiempo. Ver el cambio de fachada me trajo de nuevo al presente. Por una extraña casualidad al pasar caminando por el lugar, hace poco, una persona joven justo estaba por entrar. Vacilé un poco pero le dirigí unas palabras.
-¡Hola! Hace mucho tiempo acá vivía un gran guitarrista con quien hablé alguna vez…
-Debe haber sido Radamel- me interrumpió el muchacho- Es mi bisabuelo. Si necesita hablar con él yo se lo puedo llamar. Aguárdeme un instante.
Algo sorprendido, no dudé y le respondí afirmativamente. Entró a la casa y saliendo a los pocos minutos me hizo pasar. Por dentro la construcción era la misma que yo tenía en mis recuerdos. En la amplia galería había un hombre sentado con su guitarra. Era muy anciano, tanto que me hizo recordar a los espectros de la película Vargtimen de Ingmar Bergman que se floreaban en un viejo castillo.
-Siéntese cómodo. Antes de hablar escuche lo que hago con la guitarra-me señaló y volví a escuchar el Vals del Minuto. Habiendo pasado mucho más de medio siglo, no podía creer que eso fuera cierto. En un instante dudé si todo esto no era sólo un sueño.
Al terminar el vals, me dirigió de nuevo la palabra.
-Hace muchos años que estaba esperando que alguien viniera a preguntar por mí. Esperé por décadas y nadie se acercó. Qué sentido tendría mi vida si fuera alguien completamente olvidado. Ahora me puedo ir tranquilo. Ya soy inmortal…
Cuando quise responderle algo a lo que había dicho, su imagen se esfumó de mi vista.



