18.12.25

El vals del minuto

 A lo largo de mi vida, estando próximo a los setenta, siempre caminé por las calles de mi pueblo. Por esa particular calle tal vez haya pasado muchas más veces que por otros lugares. A pesar de eso hay un sitio particular en el que casi nunca presto atención, aunque precisamente sea lo que me lleva a relatar lo que sigue.

No hace tanto, miré hacia ese lugar y no vi lo que está en mis recuerdos. En lugar de esa casa algo metida hacia adentro, con una imponente galería cubierta por la hiedra, ahora se impone a la visión un frente de material que seguramente fue construido para otorgar mayor seguridad a la vivienda.

Teniendo unos catorce años fui a ese sitio. Había leído en un diario local una entrevista a un guitarrista clásico y como por ese entonces la música había despertado mi interés, a sabiendas de que ahí vivía golpee las manos. No estaba seguro de que quisiera aprender a tocar la guitarra. En todo caso estaba interesado en escuchar personalmente a alguien que había despertado mi atención.

Radamel Oviedo se acercó a la puerta. Era un hombre alto, delgado, próximo a los sesenta años supuse.  Ante mi pregunta sobre si daba clases de guitarra, me hizo pasar. Me pidió que me siente, señalándome una silla ubicada en la galería. Se ausentó unos minutos y volvió con el instrumento.

-Me gustaría primero que escuches lo que hago- me dijo con tono ceremonioso, sentándose frente a mí.

La interpretación que hizo del Vals del Minuto de Chopin, fue asombrosa. Una pieza que fue compuesta para piano, llevada al instrumento de seis cuerdas teniendo que sostener una melodía veloz, implica tener una muy buena digitación y una técnica muy pulida. Yo conocía ese vals pero hecho en su instrumento original. Los sonidos de la guitarra de Oviedo me sorprendieron gratamente.

El valor de las clases era algo alto y además necesitaba comprar el instrumento. De todas formas esos no eran impedimentos. Podía acceder a ello. El problema principal resultaba que si comenzaba a estudiar guitarra, y pretendía llegar a ser un músico de la envergadura de Oviedo tenía que poner todo el esfuerzo en ello y dejar de lado muchas otras cosas que también me despertaban interés. No estando seguro, decidí no embarcarme. Si lo hacía no iba a ser como un simple pasatiempo.

Siempre tuve en mi memoria la visita que hice a ese domicilio y eso conllevaba mantener la imagen de ese tiempo. Ver el cambio de fachada me trajo de nuevo al presente. Por una extraña casualidad al pasar caminando por el lugar, hace poco, una persona joven justo estaba por entrar. Vacilé un poco pero le dirigí unas palabras.

-¡Hola! Hace mucho tiempo acá vivía un gran guitarrista con quien hablé alguna vez…

-Debe haber sido Radamel- me interrumpió el muchacho- Es mi bisabuelo. Si necesita hablar con él yo se lo puedo llamar. Aguárdeme un instante. 

Algo sorprendido, no dudé y le respondí afirmativamente. Entró a la casa y saliendo a los pocos minutos me hizo pasar. Por dentro la construcción era la misma que yo tenía en mis recuerdos. En la amplia galería había un hombre sentado con su guitarra. Era muy anciano, tanto que me hizo recordar a los espectros de la película Vargtimen de Ingmar Bergman que se floreaban en un viejo castillo.

-Siéntese cómodo. Antes de hablar escuche lo que hago con la guitarra-me señaló y volví  a escuchar el Vals del Minuto. Habiendo pasado mucho más de medio siglo, no podía creer que eso fuera cierto. En un instante dudé si todo esto no era sólo un sueño.

Al terminar el vals, me dirigió de nuevo la palabra.

-Hace muchos años que estaba esperando que alguien viniera a preguntar por mí. Esperé por décadas y nadie se acercó. Qué sentido tendría mi vida si fuera alguien completamente olvidado. Ahora me puedo ir tranquilo. Ya soy inmortal…

Cuando quise responderle algo a lo que había dicho, su imagen se esfumó de mi vista.

13.12.25

La vendedora

Cuando Etelvina comenzó a vender esos jabones, en principio creyó fervientemente en las cualidades extremadamente ventajosas del producto. Si se utilizaba regularmente esa marca en poco tiempo, desparecían las arrugas de la cara o en su defecto se atenuaban considerablemente, considerando obviamente la edad. No se puede pretender a los 80 años no tener ninguna arruga.

Etelvina tuvo que hacer un curso previo de unos dos meses en el que a los futuros vendedores les explicaban minuciosamente las atribuciones de este súper jabón casi mágico. Se sentía ella, casi una agradecida por haber sido elegida para vender un producto de calidad extrema. No cualquiera puede lograrlo, pensaba. Tendría que soportar envidias.

Habiendo pasado un par de años, Etelvina se fue dando cuenta de que ese producto no era tan maravilloso como se lo pintaba, que no era muy distinto de las otras marcas consideradas como buenas. Por lo demás, su trabajo no le daba los beneficios que ella supuso en un inicio. No pudo aún cambiar de auto por decir algo. Cada vez que ofrecía su producto, ya no tenía el entusiasmo de antes y casi siempre al hacerlo recordaba algo sucedido hace ya unos quince años.

Al regresar a su casa del colegio secundario, Etelvina se percató de una discusión entre los vecinos de la casa de al lado. El hombre y la mujer se habían separado tras unos treinta años de convivencia. Posteriormente, ella se enteró de que el hombre se había ido a otra casa, pero le reclamaba algunas cosas a su ex mujer, por ejemplo, algunos muebles o electrodomésticos. La mujer le ofrecía algunas cosas que ella no tendría en cuenta y negociaban.

Lo asombroso fue cuando ella le ofreció llevarse a Piñón, el viejo perro de razas cruzadas para no decir común que ambos criaron por casi una década. El no quiso saber nada. No podría hacerse cargo. Ella le insistía. Tal vez alguno de sus hijos lo quisiera, pero dudaban. A quién le meterían el perro, debatían.

Hoy existe una cruzada bastante grande de personas ocupadas en animales, fundamentalmente perros y gatos extraviados, para que vuelvan con sus dueños o conseguirles nuevos. Es una preocupación muy saludable y que ayuda a sensibilizar. Tal vez a mucha de esa gente el relato anterior los pueda indignar, pero eso sucede y no hay que obviarlo.

De algún lugar debe de haber salido eso de “Meter el perro”.

17.2.19

Black night

Los internos del hospicio se colocaron en una fila. Se miraron entre ellos, levantaron las manos y juntaron las piernas. Tras varios minutos de hacer lo mismo, los dos ubicados en los extremos tomaron de la mano a quienes estaban a su lado y les pidieron lo mismo con sus vecinos; así hasta convertir la fila primero en una curva y luego en una circunferencia, rodeando una pequeña fuente de la que brotaba agua bastante fría. Eso es lo que constataron los que se mojaron al acercarse. El círculo humano comenzó a girar en el mismo sentido que las agujas del reloj, cuando desde la puerta de uno de los pabellones se escuchó una voz ronca e imprecisa que produjo el fin de los movimientos.
La tarde había caído. Todo ahí se detenía. Era el cese de las actividades diarias, salvo el ritual de la cena que sería servida en poco menos de media hora. Sopa de fideos cabello de ángel con lentejas partidas y un hueso de caracú. Segundo plato: un bife de hígado a la sartén y una botella de agua de la canilla para hacer la digestión. Cómo se extrañaba el vino que, con tanta medicación siquiátrica, hubiera provocado un serio revoltijo estomacal.
Las luces se habían apagado y sólo quedaban penumbras. Los enfermeros sentados en la guardia parpadeaban, mostrando un sueño prominente. Los internos ya dormían mientras por los pasillos la sombra de un ser vivo caminaba sobre dos patas en forma amenazante. Sus brazos se estiraban como intentando alcanzar las paredes aunque el motivo de ese movimiento no fuera otra cosa que sostener el equilibrio.
La noche estaba iluminada por una inmensa luna llena. Desde el oquedal cercano el sonido que el viento provocaba con los árboles se infiltraba junto a la luminosidad por las hendijas de las ventanas cerradas. Natalio debería ser el único habitante del hospicio que se mantenía en vigilia. Todas las noches simulaba tomar la medicación pero se deshacía de ella. Desde hacía más de año y medio que se había acostumbrado a evadir las benzodiacepinas y hasta cerca del amanecer mantenía el insomnio. Caminaba siempre por los pasillos oscuros casi de memoria, bajaba las escaleras y se dirigía al patio. Allí se sentaba en algún banco azulejado y miraba las estrellas. Natalio estaba empecinado en descifrar su pasado, el que lo había recluido en ese lugar.
Esa noche, cuando se acercó a la puerta de la sala, escuchó un grito. Había sido uno de los internos que habiendo despertado seguía gimiendo. Natalio se aproximó hasta el sobresaltado, quien se asustó al principio, pero cuando lo descubrió se tranquilizó. Gualberto se levantó y los dos bajaron las escaleras en dirección al patio. En el camino le comentó a Natalio que alguien lo había intentado estrangular. Que le había puesto las manos en el cuello pero que al sentir el grito lo soltó y escapó. Quien oía la historia creyó que el relato debía haber sido una terrible pesadilla. Por esa razón intentaba calmarlo. Le pidió que no baje y dándole algunas de esas pastillas que él evadía, lo acompañó hasta el baño para que las tome con el agua de una canilla. Luego lo llevó hasta la cama y lo ayudó a acostarse. Tampoco quería compañía en sus derivas nocturnas. Cuando Gualberto se durmió, Natalio prefirió inspeccionar el lugar antes de bajar al patio. Se dio unas vueltas por la cuadra y revisó los pasillos. No encontró absolutamente nada diferente a lo que ya conocía. A poco rato, antes del amanecer, se sentó a elucubrar en la penumbra del jardín, antes de ir a dormir.
Si bien Natalio dormía muy pocas horas al día, esa vez se despertó por el incesante murmullo de la cuadra que en algunos casos se transformaba en griterío. Los enfermeros y la policía rodeaban al cadáver de Gualberto ante la vista atónita y asombrada de los internos.
El hecho no cambió la rutina del insomnio, le agregó un tema más para ser incorporado al menú del pensamiento. También la tarea de revisar la cuadra y los pasillos antes de bajar al lugar privilegiado para pensar. A pesar de ello, las siguientes noches trajeron nuevas víctimas. Todas las mañanas encontraban un nuevo muerto. Natalio no podía entenderlo, ya que mientras él se mantenía insomne, en el lugar no ocurría nada. Los sucesos fueron desviándole el nudo de sus pensamientos, alejándolo del desciframiento de sus enigmas. Eso fue quitándole lucidez y también ganas de pensar. Habían transcurrido sólo dos horas desde que había bajado al jardín y volvió a la cuadra. Antes, pasó por el baño, puso la mano bajo el chorro de la canilla, y se tomó una pastilla para dormir. Se acostó inquieto hasta que empezó a sentir que el medicamente le comenzaba a hacer efecto. Ahí fue cuando vio que alguien se acercaba a su cama. Una figura que nunca había visto. Por la mañana encontraron el cuerpo inmóvil de Natalio con señales de haber sido estrangulado.

30.12.15

Igor Zankoff

Igor Zankoff había venido desde Bulgaria, allá por la década del ’30. De raigambre campesina y religiosa nunca pudo comprender lo que estaba sucediendo en su país, y siempre le echó las culpas al comunismo y a Georgi Dimitrov. De niño su familia lo había formado en la religión ortodoxa, pero cuando con poco más de treinta años llegó a Berisso, se convirtió en un místico ecléctico. La vida en la isla para él era tranquila, hasta que su joven mujer falleciera antes de cumplir los nueve meses de embarazo. A partir de ese momento descuido bastante sus siembras, y se abandonó a la bebida. Cuidaba apenas las parras de uva, ya que de allí extraía la materia prima para confeccionar un ácido vino patero. Esa bebida se la canjeaba al ruso Ivan; por grapa, salamines y longanizas. Recogía algunos morrones de su quinta y esa era su dieta casi rutinaria. Ivan pasaba todas las semanas a llevarse algunas damajuanas, para venderlas en su almacén de la calle Nápoles. Llegaba desde Berisso en la lancha y además del vino de Igor, les compraba algunos otros productos a los quinteros, como miel y dulce de tomate. Si bien por ese tiempo algo había mejorado la situación, nunca se descartaba que pudiera cambiar para peor, y por eso Iván era muy cuidadoso de los gastos para aprovisionar su almacén.

Igor en cambio había perdido un poco la noción del tiempo. Últimamente estaba bastante obsesionado con la posibilidad de que algunos demonios anduviesen dando vueltas por su finca. Cualquier imprevisto mínimo, aunque sin importancia; o acción casual que de repente puede crear un dolor, como por ejemplo resbalarse en una baldosa mojada y golpearse la rodilla contra una pared; a eso Igor ya lo identificaba con seres invisibles que merodeaban el lugar. Ya medio ofuscado por esos hechos nimios, que para él eran de gran dimensión, desempolvó de la vieja biblioteca, un libro que llevaba el suntuoso título de Manual de la Alta Magia. En él descollaban varios escritos del mago árabe Abbud- Azahar que tenían como objetivo principal realizar ciertos artilugios que le permitían a un hombre dejar perdidamente enamorada a una mujer. Un beduino del desierto, siguiendo esas tretas logró encantar a una joven europea, que estaba de paseo turístico. A partir de decir algunas palabras mágicas, y utilizar anillos brillantes, el personaje en cuestión logró que la imagen que de él recibía la chica en sus ojos, resultara completamente transformada. Ella sola podía ver esa alucinación. Igor leyó más por curiosidad que otra cosa las recomendaciones del mago árabe, ya que lo que buscaba en el manual era otra cosa. Fue así  que se topó con los escritos del africano Abdal-Hakim que se centraban en cómo detectar y eliminar la presencia de demonios en ciertos lugares, animales o plantas. En uno de sus capítulos, el mago africano describía que en las palmeras jimaguas habitaban los demonios, se refugiaban dentro de la savia. Pero esto podía contrarrestarse una noche tormentosa. Si algún rayo cayera sobre la palmera, y la quemase, el demonio se encontraría derrotado. Estas jimaguas por su gran altura, funcionan casi como un pararrayos, pero al ser muchas, sólo una puede caerse devorada por el fuego, tal vez alguna vecina también. Lo que sí sucede es que en lugar del demonio, aparecen en ese lugar tres personas de mediana edad. Casi siempre son dos hombres y una mujer con gran atractivo. También pueden ser dos mujeres y un hombre, pero esto no es tan frecuente. El demonio derrotado se hace carne en tres personas entre las cuales habrá mucha tensión, hasta que no se incorporen a una comunidad mayor. En esta última esa tensión seguirá siendo la principal matriz, pero se verá mucho más atenuada. En ese punto se dio cuenta que los escritos de Abbud- Azahar eran complementarios.

En la isla aunque hubiera palmeras, no existían esas especies señaladas en los escritos mágicos. Igor de todas formas comenzó a acercarse a las diferentes palmas del territorio, para intentar encontrar alguna respuesta a sus dilemas.

A unos 300 metros de su casa, y sobre la parte que daba al canal, había varias esbeltas palmeras yatay. Caminó hasta allí por la senda de piedras, circundada por altos arbustos y al llegar a estar enfrente de las plantas requeridas, se sentó a unos siete u ocho metros de distancia, apoyando su espalda en el tallo de un sauce. Se armó un cigarrillo de tabaco suelto, y tirando bocanadas de humo, se detuvo a ver minuciosamente las palmeras. La leve brisa las movía, eran 5, pero en conjunto daban una imagen que podía ser interpretada sólo en el conjunto.

-¿Podrá haber en ellas algún demonio?- pensó- imaginando que nadaba en la savia. De los movimientos desprendía cómo podrían ser los humanos que podían emerger tras la caída de una de las palmas. Una vieja melodía búlgara le ronroneaba en su cabeza, los acordes del acordeón se le volvían intensos. Recordaba cuando sus hermanas adolescentes danzaban en el patio y el siendo niño, las miraba de a ratos, ya que la mayor cantidad del tiempo la empleaba para observar el vuelo de las aves que se dirigían hacia las montañas. En ambas escenas el fondo sonoro eran los fraseos del acordeón.

El paso de la lancha que se dirigía hacia el muelle de la isla, lo distrajo; y repentinamente recordó cuando llegaron con Mariya al lugar por primera vez.  Habían contratado los servicios de un viejo isleño italiano, que los fue a buscar en su embarcación hasta Berisso. En la pequeña dársena situada cerca del frigorífico, siendo todavía de noche Igor y su mujer ya lo esperaban con todo lo que tenían para llevar hasta la parcela de tierra, que unos días antes él había adquirido. Don Mario los ayudó con el cargamento, y emprendieron camino hacia el lugar. La turbina de la lancha además de ruido generaba pequeñas ondulaciones de agua, que eran resaltadas por la luz de una luna bastante luminosa.

De ese entonces ya habían pasado más de 15 años. Mariya había fallecido con apenas 24 años, a los cinco de haberse afincado en la isla. Una terrible fiebre la afectó cuando estaba en los 4 meses de embarazo, y no pudo sobrevivir. Igor siempre pensó al respecto que ésa era una maldición que lo perseguía desde niño.

En los movimientos de las palmeras, no sólo pudo ver la danza de sus hermanas, el vuelo de los pájaros y las ondulaciones del agua que producía la lancha. Eso no lo afectaba, más bien le traía vivencias agradables, pero cuando vio las convulsiones de Mariya antes de morir, le surtió un profundo escalofrío. Arrojó el cigarrillo y se paró de golpe, con mezcla de rabia y de angustia. Mirando a las yatay, no dudó de que allí se alojaba el demonio.


Continúa

21.11.15

Intransitable

Por esa calle, en ese momento sólo se podía transitar por una mano. En la otra estaban trabajando para colocar debajo de ella unas tuberías de gas. El rengo Julio tomó la bicicleta del diariero, para poder llegar hasta la inmobiliaria. Siempre que tenía que transitar más de 1 kilómetro se la pedía prestada. Se subió a ella en la vereda y esperó que los 35 automóviles que venían por la única mano le permitan bajar hasta la calle. Pasaban además algunos camiones y nadie quería perder su chance de llegar lo más rápido posible, aunque hacerlo ya era una quimera.

Julio cuando pudo colocar la bicicleta a contramano, intentó pegarla al cordón de la vereda para que nadie lo toque en ese movimiento y logre desestabilizarlo. Algunos desniveles y baches en la acera conspiraban contra su integridad física, y el tiempo que le llevaba transitar una cuadra, hubiera sido menos si la renguera no le hubiera impedido ir caminando. Julio también sabía que alguna hora posterior a ese momento se transformaría en un sendero intransitable, ya que la cantidad de móviles se iría a incrementar como sucedía diariamente. Si a esa hora en las esquinas tenía que esperar unos diez minutos para que quede algún espacio vacío entre auto y auto, para poder cruzar, una hora más tarde ese tiempo de espera se podía duplicar, o incluso triplicarse.

Cada dos meses la mayoría de las calles necesitaban que se volviera a asfaltarlas y nivelarlas, porque el incesante tránsito las deterioraba bastante rápido. Julio pedaleaba y rezaba -a vaya saber qué santo-, de que no se le suelte la cadena de la bicicleta. De repente sintió un ruido a sus espaldas, y una moto también en contramano intentó pasarlo, haciendo sonar su caño de escape recortado. Una camioneta se acercaba de frente a gran velocidad, a pesar de lo frágil de esa calle, y el incesante tránsito. La moto se estrelló -en el intento de pasar a Julio- contra la camioneta, y repentinamente el ruido del accidente enmudeció el ruido de los motores. Julio miró a su costado y no titubeó, siguió su marcha, por saber que en pocos minutos la inmobiliaria iría a cerrar sus puertas.  Ya 5 veces antes no había podido llegar a tiempo.

6.11.15

Sábalo a la parrilla

La noche en la isla Paulino, era extremadamente cálida. Típica noche de verano húmedo. Si se miraba hacia el cielo a través de las ramas de los sauces era posible observar un cielo bien estrellado en donde la Cruz del Sur se imponía al resto de las estrellas, compitiendo en protagonismo con una pálida luna en cuarto creciente.

El grupo de los cinco amigos, hacía una semana que estaban en ese lugar y aún no habían encontrado ninguna pista acertada sobre lo que los había llevado hasta allí.
Durante la tarde un viejo pescador se acercó a ellos en la playa y les ofreció un sábalo bastante grande. No dudaron en comprárselo. Al atardecer montaron una parrilla, prendieron fuego con ramas de álamo, y esperaron a que se hagan las brazas para cocinar el sabroso pescado de río. Contaban con dos damajuanas de vino patero para acompañar la cena. Vladimiro y Odín prepararon el condimento para adobar la presa, y mientras entre todos conversaban sobre lo que harían el próximo día, ellos dos se concentraban en darle gusto al pescado.

Esa noche de martes era bastante tranquila a pesar de ser verano. Los fines de semana sí se tornaban más intensos ya que mucha gente llegaba al lugar mediante las lanchas que cruzaban por el canal portuario.

-Mañana tenemos que ir de nuevo hasta la quinta de mi tío abuelo- les decía Cristóbal a sus cuatro compañeros, mientras tomaba un sorbo del patero isleño. Ese lugar estaba a unos seiscientos metros del muelle del canal, y a poco menos de 200 en relación a la playa. Ellos ya habían ido hasta allí los primeros días de estancia en la isla, pero debieron regresar hasta la zona cercana al muelle, para aprovisionarse de alimentos.  

Don Giovanni Grossi, tío de Cristóbal había fallecido hacía apenas unos dos meses. Al viejo quintero italiano lo encontraron muerto entre medio de las plantas de tomates. Lo más extraño de todo es que al cadáver le faltaba una pierna, una oreja y el dedo índice de su mano izquierda. Las hormigas rojas rondaban sus restos, y todo indicaba que se habían comido las partes faltantes. Pero pensar que eso fuera obra de las hormigas nada más era bastante improbable. Nunca antes, alguien había visto algún hecho similar.

Giovanni por lo que se sabe, tenía esa parcela de tierra en la isla pero también su casa en Berisso. Cuando enviudó hacía ya unos diez años, les dejó la casa a sus hijos, y se refugió en la isla. Antes se dirigía hasta allí pocas veces al mes, pero el dolor por la pérdida de su mujer lo llevó ahí, para quedarse. La tranquilidad del lugar y las posibilidades de desarrollar su potencial agropecuario, hicieron que Grossi eligiera la isla. Además su quinta estaba ubicada en un lugar no demasiado accesible a los visitantes de los fines de semana.

-De acuerdo- le respondió Mario a Cristóbal con una voz que apuntaba no sólo a su destinatario, sino también al resto de los que estaban juntos para cenar el sabroso sábalo a la parrilla.

-Che pero qué bueno que está esto- expresó Carlos. –Hacía muchos años que no comía un pescado así- les dijo a sus amigos, tomándose un jarro lleno del patero de la isla. Odín lo miraba con un rostro que expresaba cierta satisfacción, ya que él había sido el principal mentor de aconsejar la compra del sábalo, además de ponerse al frente de la tarea de cocinarlo  y confeccionar el condimento para agregarle a la cocción. Vladimiro era un experto cocinero, pero la receta del sábalo no fue de su autoría.

Los cinco degustaron del sabroso manjar ribereño y entre charlas y charlas se tomaron damajuana y media del patero de la Paulino. El cielo seguía mostrándose bien estrellado.

Continúa

15.9.15

El espantapájaros

Hacía rato que la noche había llegado pero a Don Vicente Tarsotti le costaba dormirse. Después de haber asistido a esa velada de cine en el Progreso, para él, nada fue igual. Vicente tomaba bastante vino de la costa y no apagaba la radio, esperando que el sueño lo sorprenda. La noche en el monte de Los Talas estaba bastante calma. El viento otoñal de la tarde había disminuido, y a lo lejos, más allá de la alameda, se escuchaban los ladridos de un perro.

Algunos días atrás, más precisamente una semana, su amigo el ruso Kruk, lo había llamado para reencontrase. Ellos se conocían desde cuando habían compartido la misma sección de trabajo en el frigorífico. La idea había sido juntarse para conversar, comer pizza y tomar cerveza, pero eligieron primero ir al cine, acorde a la tradición de los años sesenta. Ellos no eran grandes amantes del séptimo arte, e inclusive por ser inmigrantes, les costaba bastante leer los subtítulos en español, aunque ya llevaran algunas décadas en la Argentina. No eligieron qué película irían a ver. La que les tocó en suerte fue nada menos que Los Pájaros de Hitchcock, que por ese entonces fue bastante popular. Hacía ya algunos años que no se veían, pero coincidió en que ambos no hacía tanto habían quedado viudos. Había mucho por hablar entre el viejo quintero italiano, y su amigo, el zapatero ruso. De regreso por la noche a su casa de Los Talas, tras llegar habiendo cenado, se acostó y el sueño le llegó rápidamente. Cuando despertó por la madrugada, ya no pudiendo dormir, se levantó para retornar a sus labores diarias.

Ese era el tiempo del trasplante de las plántulas de tomate, desde el semillero a la tierra trabajada. Vicente había traído desde la parte más cercana al río, una cantidad importante de cañas para sujetar las tomateras. Mientras trasladaba los plantines, una bandada de patos salvajes volaba en dirección del cañaveral.  Ahí recordó que tenía que hacer de nuevo un espantapájaros, ya que el viento y la lluvia habían desarmado al anterior. Encima los perros cuando lo vieron caído sobre la tierra se encargaron de destrozarlo aún más, de lo que ya estaba. Un viejo saco príncipe de Gales, y el sombrero de paja deshilachado se acoplarían perfectamente a la cruz de madera de eucaliptus. 

 Cuando Vicente miró el sol, ya era el mediodía. Sentía algo de hambre y retornó a la casa para comer algo. Los porotos que había dejado en remojo desde casi un día atrás, un pedazo de tocino y la salsa de cebollas con morrones, con bastante pimienta y orégano; fue su plato del almuerzo. Un poco de grapa fuerte para bajar los bocados, y la modorra que le vino, hicieron que se vaya a dormir una pequeña siesta.  Al despertar se dio cuenta que un fragmento de la película de la tarde anterior se le había infiltrado en el sueño. Miró hacia la parte superior del oquedal, pero al no ver más que una pequeña nube se tranquilizó, y en el camino hacia los plantines de tomates, recordó a su difunta mujer, y unas lágrimas se le escurrieron de sus ojos. También recordó que hacía tiempo que no tenía noticias de su único hijo, que habiéndose recibido de ingeniero, partió hacia el sur.

-Maledizione-  exclamó Vicente. Todos los brotes trasplantados, estaban destruidos. Las hojas parecían picadas por hormigas gigantes. Una bandada de gorriones se acercó volando desde el cañaveral, y semejando a las aves de carroña rodearon en vuelo al sembradío arruinado. Vicente bastante enfadado, tiró la pala en el suelo con cierta violencia, y tomando cascotes del piso comenzó a arrojárselos a los pájaros.  La bronca no le dejó prever que podía trastabillar y cayó sentado en los pastos. Ahí fue cuando se dio cuenta que debía adoptar otra política, agradeciendo no haberse quebrado en la caída. Solo en el monte poco hubiera podido hacer, ante un eventual accidente.   El viejo espantapájaros estaba más destrozado aún, por lo que pensó que lo primero que debía hacer es  construir el nuevo, tal como había pensado por la mañana.  

Sobre el banco que tenía en un pequeño galpón cortó dos tablas de saligna. A una de ellas le dejó un largo de un metro y medio, la otra de apenas 80 centímetros. Las juntó formando una cruz y les martilló varios clavos en la intersección, como para que no se pierda el ángulo deseado. Cuando desde el ropero llevó al lugar, el viejo saco gris príncipe de Gales, ya bastante apolillado, éste le hizo recordar el casamiento de su hermana Florentina, sucedido hacía más de 30 años atrás. Lo había comprado en la sastrería El Siglo de La Plata. El pantalón que conformaba el traje hacía bastante tiempo que ya lo había gastado, pero su mujer con los cortes que le hacía lustraba los muebles. Incluso el piso del dormitorio confeccionado con machimbres de pinotea. El sombrero de paja no era tan viejo, pero ya estaba bastante deshilachado, ya que él lo usaba con frecuencia y siempre tenía nuevos de repuesto. Los compraba en la tienda La Central ubicada en la esquina de Montevideo y Nápoles, casi enfrente de la hilandería.  Pero lo que más le concentró la atención a Vicente fue cómo hacerle una cara al muñeco. Tomó una calabaza desecada, le pasó un poco de barniz y con la cuchilla bien afilada comenzó a darle forma. Primero le hizo los ojos, luego los orificios nasales y cuando iba a hacerle la boca dudó, pero al final decidió hacerla sonriente, con las comisuras inclinadas hacia arriba. Antes de que anochezca el espantapájaros debía estar colocado en el centro del sembradío, aunque las plántulas estuviesen destruidas. Volver a trasplantar desde el semillero sería la tarea para el próximo día.

Vicente se despertó por la noche, serían las 3, y por la ventana de su pieza miró hacía donde se encontraba el muñeco y los plantines. La luz de la luna llena iluminaba la calabaza, y los orificios que le había hecho parecían brillar. Agarró la botella de vino, del pico tomó unos largos sorbos, y volvió a la cama. Le costó despertarse por la mañana. Los gallos ya habían cantado bastante, y eso él lo sabía, hacía rato que los venía escuchando. Incluso le dio la sensación de que lo hubieran hecho con mucha mayor intensidad. Tomó la bolsa de maíz y les llevó el alimento a las aves de corral. Las notaba algo nerviosas.  Había en el gallinero más movimiento que el común. Vicente entonces dudó si el día anterior les había dado alimento, y sacó la conclusión de que lo más probable es que no lo hubiera hecho. Las casi 50 gallinas batarazas comieron ansiosas, pero parecían seguir inquietas. Vicente pensó que tal vez por la noche algún gato montés haya estado rondando por ese lugar, y que eso podría ser la causa del nerviosismo.  Volviendo desde el gallinero fue a buscar las herramientas para proseguir con el trasplante de los tomates. Los cargó en la carretilla y se dirigió al sembradío. Desde unos 50 metros veía al espantapájaros, y se admiraba por la forma que le había dado. Los molestos gorriones y otros pájaros del monte seguramente no se irían a acercar a las plantas –pensó- mientras se aproximaba al lugar en donde debían desarrollarse las plantaciones.  Cuando se dirigió al muñeco con sombrero de paja deshilachado y saco príncipe de Gales, al mirarle la cara, no pudo salir del estupor. La cara de calabaza estaba desfigurada.